Los niños que se quedan cuando sus padres emigran

Aug 25, 2015 | Ecuador, Issue 1 - August 2015, Issue 1 Features Spanish, Issue 1 Spanish, Issue 1 Spanish Features

Por Karla Pesantes

Son casi las 14:30 del último lunes de marzo, hace frío en Chunchi y caen pequeñas gotas de lluvia. La neblina de la tarde comienza a bajar en esta zona de la Sierra Centro de Ecuador. Los pinos se vuelven lejanos y las vacas y burros comienzan a buscar un espacio donde pastar. Justo en medio de una colina de Ramos Lomas, una de las comunidades rurales de Chunchi, se ubica una casa a medio construir.  Es solo de cemento sin enlucir, tiene 2 pisos y una losa para un tercero, las puertas y ventanas en la parte inferior son de metal con filos dorados y ya están colocadas.

Se trata del hogar que ocupará Nicole, de 8 años, una pequeña que acaba de llegar de la escuela luego de subir por un camino empedrado y sin asfalto. A la salida del bus la esperan 3 perros que le mueven la cola para jugar. ¿Dónde vives ahora? “Con mis tíos y mis abuelitos allá”, señala la pequeña a una vivienda hecha de adobe y piedra.

El representante de Nicole en la escuela y quien la recibe luego de la escuela es su abuelita. Se llama María Guaquilema, un mujer con decenas de arrugas en su rostro, un sombrero negro de pana y ataviada con un chal y botas negras de plástico.  María tiene 68 años, pero sus manos denotan más edad. Muestra con orgullo su nueva casa, nos invita a pasar a pesar de que está solo en construcción.

Cuenta que la han construido poco a poco, gracias a las remesas que envía Jennifer, su hija que vive en New Jersey (EE.UU.) y la madre de Nicole. La joven de 25 años emigró hace 2 años al norte de América dejando atrás a la pequeña y su hermanito Eric, de 6 años.

“Envía mensualmente unos $200”, dice la señora. ¿Y en qué trabaja Jennifer allá? “Se dedica a limpiar casas, no puede hacer más, es bien honrada siempre se preocupa por nosotros. Es que verá, aquí la cosa no está bien, no hay como cultivar la tierra ni dar de comer a las vacas”, cuenta María, en un español muy difícil de entender, pues su lengua nativa es quechua.

¿Y los esposos o los varones del hogar? María es viuda y la pareja de su hija emigró a Cuenca, la tercera ciudad de Ecuador, y poco se preocupa de los niños. Ocurre diferente con Jennifer, quien no solo envía religiosamente las remesas desde Estados Unidos, sino que también llama cada 2 días a sus hijos.

Con Nicole y su hermanito Eric, de 6 años, el ciclo de migración se repite. Niños y jóvenes que crecen con remesas, artilugios tecnológicos, al cuidado de sus tíos o abuelitos, pero sin el abrazo diario de sus padres. Crecen solos y al llegar a la adolescencia son blanco fácil de los embarazos tempranos, peleas familiares, abuso drogas y hasta el suicidio.

Por lo general quienes se encargan de los niños hijos de migrantes son mujeres. Esto ocurre en la escuela, donde estudia Nicole. Es la Unidad Educativa María Auxiliadora Fe y Alegría. Aquí el quinto grado no participará este año del campeonato interno de fútbol. No hay suficientes jugadores. De los 28 estudiantes, solo 5 gozan abrazan a sus padres por la noche.

El resto de pequeños de esta clase vive con sus abuelitos. En muchos de los casos son adultos mayores que a pesar de sus ganas por complacer a los niños, sus energías y piernas no se los permite.

¿Quién tiene a sus papis en el extranjero?, les pregunta la maestra a los niños. Tienen miedo de alzar la mano, se miran entre ellos, sonríen, se arreglan sus vestidos o pantalones, toman un lápiz, simulan escribir… y cuándo nadie los ve alzan su manito en el aire. Son la mayoría.

Entre ellos está Nicole A., con sus inmensos ojos negros y pestañas tupidas. Luce una cola de caballo que cae justo encima de sus hombros. Sus orejas están sanando de una infección. Trató de perforarlas para lucir unos aretes que su mamá le envío desde EE.UU., pero lo hizo ella sin ayuda de nadie y sin alcohol. ¿No vas a espera que sanen? “No, me los quiero poner esta tarde”, dice la pequeña, que sueña con ser diseñadora de modas.

“La migración es algo latente, como una bomba de tiempo que en cualquier momento puede activarse. No se les puede decir que no se vayan, pero creo que si entendieran los peligros a los que se exponen sus hijos, no se irían”, lamenta el maestro, Edison Cabezas, responsable pedagógico de la unidad María Auxiliadora Fe y Alegría.

Chunchi 2

Fotos: Francisco Ipanaqué

Lo emocional, la parte más difícil

Por lo general la rutina de un pequeño en Chunchi, un cantón de apenas 274,9 kilómetros dónde casi todos se conocen o se saludan por la mañana, es que su papá o mamá lo lleve de la mano a la escuela. Los despida y luego se quede conversando con el maestro sobre el rendimiento del menor de edad. “Es un movimiento diario, vienen hablan con nosotros, pero con algunos niños es diferente, no tiene a sus papás. Cuando recién llegué a la escuela convoqué a una reunión de padres y mi sorpresa fue ver solo a mujeres y luego a adultos mayores”, dice Edison.

Él es un profesor de mediana estatura y con su familia en Riobamba, trabaja allí desde hace 10 años. Conoce de cerca la problemática de la migración. No culpa a los padres por salir de Chunchi, pero sí dice con rostro de preocupación que los hijos de padres migrantes son diferentes.

¿Cómo diferentes? ¿En lo académico? El rendimiento de los hijos de migrantes es por lo general bajo. “Como viven con los abuelitos, no hay quien los ayude con los deberes, las señoras dicen que los niños les mienten sobre los deberes que deben hacer, y ellas como no saben leer les creen”.

El rendimiento escolar o las calificaciones son superables. El Municipio de Chunchi implementa desde hace 8 años el programa Tiempo Libre, que inicialmente fue dirigido para hijos de migrantes. Tenían clases de pintura, canto y reforzamiento de tareas, para precisamente elevar el nivel educativo. Recuperar la parte emocional de niños que quienes crecen solos es lo más difícil.

“He visto que los niños, cuyos padres viven en el extranjero, se refugian mucho en los amiguitos y son inquietos. Aunque detrás creo que hay tristeza. Por las tardes se quedan jugando, quizás para olvidar”, agrega.

¿Lo hacen porque al volver a casa no están sus padres? “Exacto”, dice el profesor. Hace una pausa, lleva sus manos cruzadas a la frente y añade: “Verá los padres son únicos, las abuelitas vienen a la escuela, están pendientes de los chicos y hacen su esfuerzo, pero hay un vacío que dejan los migrantes, es imposible de llenar”.

Vanesa y Viviana, Dos Historias de Rebeldía

En Chunchi están cansados de la prensa. Así lo exclama Vanesa de 15 años, “todos vienen por acá a preguntar si los jóvenes piensan en suicidarse”. ¿Por qué tendrían que hacerlo estos chicos que el parecer lo tienen todo? De sus manos se desprenden celulares con pantalla táctiles de más de 5 pulgadas, algunos tiene iPods colgando de sus bolsillos y por las tardes se reúnen en el parque central del cantón a chatear o escuchar música.

Vanesa está con 4 de sus amigos en un parque cercano a la vía que conecta a las parroquias de Chunchi. Aún no ha hecho sus tareas del colegio, tampoco sus compañeros. 2 de ellos tiene la ropa del colegio puesta, un calentador azul y mochilas colgadas de un hombro. Vanesa es más informal. Lleva sus jeans apretados, inmensas argollas de plata y una corta y delicada chompa que deja ver su torso.

Si algo distingue a los adolescentes en Chunchi es su risa cómplice. Al preguntarles si conocen a alguien con padres migrantes, la primera respuesta es una sonrisa, cuando entran en confianza expresan que todos tienen a sus padres en el extranjero.

Vanesa por ejemplo tiene a su padre y tíos en el extranjero. ¿Con quien vives entonces? Ríe achinando sus ojos, mira a sus amigos, se arregla el cabello color marrón. “Antes vivía con mi tía Rosa, pero ella también se fue para Newark, ahora con mi mamá que regreso hace 2 años, pero no la soporto”, dice mientras masca un chicle que dificulta entender sus palabras.

La migración en Chunchi, cantón de Chimborazo, se podría resumir así: casas de 2 ó 3 pisos con chimeneas y adornos de mármol, sus remesas de $ 4,2 millones al mes en promedio y en niños y adolescentes que han crecido y siguen creciendo sin ver a sus progenitores.

Viviana, otra amiga de Vanesa, solo sabe que su mamá y papá están en Newark, quizás no sabe cómo ubicar en el mapa a este condado de EE.UU., pero entiende que es en un lugar llamado New Jersey. Se fueron cuando ella era una bebé de 7 meses y como tal solo los conoce por fotos o por llamadas esporádicas vía Skype ¿Quisieras ver a tus padres? “Claro, quiero ir a EE.UU.”, responde con una sonrisa que deja mostrar todos sus dientes.

Rosa es otro ejemplo. Tiene 14 años y con unos inmensos ojos verdes, cuenta que vive con su tía. Sus padres migraron cuando tenía 2 años. La última vez que vio a su mamá fue hace unos 5 años y le ha prometido llevarla a vivir con ella.

¿Quién cuida de estos niños y jóvenes cuyos padres migraron? Tías y abuelitos son las respuestas más comunes que dan los chicos. Tal cual sucede con Nicole, la pequeña de 8 años de Ramos Lomas.

“Una vez conocí el caso de una adolescente de 14 años que tenía a su cargo a 3 de sus hermanitos. Ella, en la medida de sus posibilidades, hacía lo que podía”, cuenta Fabián Idrovo, el director de la Unidad Educativa María Auxiliadora Fe y Alegría, ubicada en el centro de Chunchi. Él nació, creció y ha vivido siempre en Chunchi. Tiene 12 hermanos y 6 de ellos radican en Estados Unidos. Fabián decidió quedarse y ser docente, pero los otros se fueron en la década del 90.

¿Cómo creen emocialmente estos niños y jóvenes sin ver a sus padres por tanto tiempo?

La soledad los agobia y cuando crecen son propensos a las adicciones, relaciones sexuales a temprana edad e incluso el suicidio. Tienen problemas con sus padres que viven en el extranjero, cuándo estos tratan de imponerles disciplina a la distancia y mucho más cuando regresan a ‘verlos’. Esto le sucede a Vanesa. ¿Por qué? “Es difícil, no me entiende”.

En 2010 las autoridades registraron 61 casos de suicidio en jóvenes menores de 20 años en Chunchi. Se culpaba a la migración. Otros por fortuna, no tuvieron éxito. Vanesa conoce a uno de ellos. Fue su primo Luisito, quien hace 4 años vivía agobiado por la falta de su madre y porque su padre fue asesinado. Un día Luisito, hoy un joven de 18 años que se prepara para ir a la Universidad, tomó veneno de ratas y dejó una nota. “No podía seguir tan solo”.

“A veces dice que piensa de nuevo en hacerlo”, cuenta su prima. Agrega que Luisito ya no quiere saber de la prensa. Hace tiempo lo entrevistaron y se culpa porque contó su historia y ahora todo el pueblo lo sabe. ¿Por qué crees que tiene de nuevo esos pensamientos de suicidarse? “No lo sé… los problemas, queremos hacer ciertas cosas y no nos dejan”.

¿Cómo cuales? ¿Qué les gustaría hacer? “Irnos a Estados Unidos”, dice la adolescente mientras come semillas de calabaza. “Pero a vivir dónde mi tía, no a ver a mi papá”.

Un Apoyo, Un Amigo

 Un vacío. Soledad. Tristeza. Precisamente estos calificativos son comunes en niños y jóvenes que han pasado por las sillas de consulta de uno de los 2 psicólogos en Chunchi. El guayaquileño pasa 5 de sus días en el cantón, luego regresa a su fundación en el puerto principal. Está al frente de la unidad psicológica desde 2007, 2 años después de que aparecieron los primeros casos de intento de suicidios en el pueblo.

La meta de Wagner Suárez es llegar con sus charlas a cada uno de los chicos de la Unidad 4 de julio y María Auxiliadora con un mensaje: “el suicidio no es la solución”. Tiene suerte hasta cierto punto. En Chunchi solo hay 2 colegios. En el primero unos 800 estudiantes y en el segundo, 400. Además los chicos ya confían en él.

“Antes decir que venían al psicólogo era un tabú, ahora vienen solitos y desde pequeños”, dice este hombre, que acepta hablar con la prensa solo después de prometerle que no se lo meterá en problemas. En el hospital Miguel Bermeo, donde labora, hay hermetismo. Dice que las cifras de suicidio han bajado, pero que prefieren no dar más datos a la prensa porque “tergiversan todo y terminan calificando a Chunchi, como un pueblo de niños suicidas”.

Se trataba de un joven de 18 años. “Ya se lo puede considerar un adulto”. Miguel estaba a punto de ir a EE.UU., su padre le había conseguido una visa y no tenía que cruzar la frontera de México como otros. Todo estaba casi listo, solo había un inconveniente. Su madre había quedado embarazada de otra persona, “imagine qué sintió ese chico, con qué cara le iba a contar a su padre la verdad”, dice Wagner. Su mirada se pierde por un instante, se arregla su bufanda tricolor, y dice que yo hay más tiempo para charlar. Cuenta al final con tristeza que Miguel se ahorcó de un árbol.

Pero hoy Chunchi quiere dejar atrás ese pasado de pueblo suicidia, tampoco quiere ser un pueblo de migrantes aunque la mayoría de los adultos se han ido. El profesor Edison cree que las charlas del hospital “sí han servido, ya no se escuchan más casos. Además la Comisaría prohibió la venta de veneno de ratas o de animales a menores de edad.


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